
1578: la batalla de Sotomó
“Por otra parte salió el capitán Julián Carrillo, corregidor de Osorno, en busca de unas cuadrillas de indios que habían muerto a dos españoles que les habían hecho hartos agravios. Y llegando al lago de Valdivia con treinta hombres muy bien aderezados, halló al corregidor de la ciudad de Castro, y juntos los dos trataron del remedio y pacíficación de este alboroto. Y fué la resolución de su consulta que Bartolomé Maldonado, corregidor de la ciudad de Castro, fuese a preparar bastimentos y piraguas, y el otro capitán tomase a cargo el castigar el atrevimiento de los indios. Lo cual se efectuó como lo concertaron, embarcándose Julián Carrillo con toda su gente en cincuenta piraguas, con las cuales entraron por un brazo de mar a nianera de estero, tomando el rumbo hacia la cordillera donde estaban los rebelados. Y habiendo surgido en la tierra de Lincar, despachó dos indios que tratasen con los rebelados algunos medios de paz dejándose de andar montaraces, pues eran cristianos, y tenían obligación de acudir a donde había doctrina y modo de vivir según la ley de Cristo, y no andar amontados corno cabras, y con esto les prometió el corregidor perdón de la muerte de los españoles mayormente por haber dado ellos tantas causas con sus desafueros. Pero como la intención de los rebelados era llevar la suya adelante, no dejaron volver los embajadores, antes se pusieron a punto de pelea nombrando por general al cacique Beliche, y convocaron mucha gente de los cabies y pueblos, Ralon, Purailla y otras provincias comarcanas. Y habiéndose juntado gran número de gente, se embarcaron en sus piraguas viniendo el río abajo por el cual habían ya subido los nuestros un largo trecho. Y al tiempo que habían de toparse las armadas, quiso su fortuna que la de los indios se fuese entrando por una ensenada sin que se echasen de ver los unos a los otros con la oscuridad de la noche, de suerte que los nuestros fueron navegando más arriba dejando por las espaldas la armada de los contrarios. Y ya que salía la aurora, llegaron a la tierra de Pudoa, donde saltaron los indios amigos que iban en las piraguas a saquear las casas de aquellos naturales yendo por capitán el cacique Quintoia, que era valeroso y muy amigo de españoles. Y diéronse tan buena maña, que mataron al cacique del pueblo, que había quedado para guarda de las mujeres y gente menuda con algunos flecheros, que estaban en su compañía. Y habiéndose trabado una batalla, donde murieron algunos indios de ambos bandos, salieron vencedores los del nuestro trayendo presas muchas mujeres y gran suma de ganado y ropa, con que se recogieron a las piraguas.
Por otra parte iban los indios de la otra armada desatinados en no topar a los nuestros de quien sabían estar mucho más arriba, mayormente cuando llegaron a la tierra de Lincar y se informaron de ello más de raíz de los indios que habían allí quedado. Y teniendo sospechas de lo que podría ser, enviaron algunos corredores a toda prisa que se informasen de lo sucedido, los cuales volvieron con la triste nueva del estrago que los españoles habían hecho en sus tierras por medio de los indios amigos. Por lo cual, encolerizados y aun rabiosos como toros agarrochados, comenzaron a bravear, y sin detenerse un solo punto, se embarcaron en sus piraguas y bogaron a toda prisa con grande ansia por verse ya trabados con los que les habían hecho tales obras. Y fue tanta su diligencia, que en poco tiempo se vinieron a poner a la vista ambas armadas estando más de diez leguas de la costa metidos el río arriba. Con esta coyuntura se pusieron los nuestros en oración, la cual acabada, se apercibieron para la batalla, que era ya inexcusable por la angostura del río que sería de un tiro de escopeta, ayudando a los unos y los otros la tranquilidad del tiempo, que era muy claro y sereno, y la subida de la marca que impedía al agua su corriente. Pero antes de acometer mandó el general de la armada indica distribuirse las piraguas en tres escuadrones, tomando él el medio del río y ordenando que los otros dos estuviesen cerca de las orillas. Y puestos con esta traza, fueron acometidos de nuestra armada con tanto ímpetu que a poco rato se fueron todos retirando hacia la tierra, aunque antes de llegar a ella fueron alcanzados y se trabó batalla de las más sangrientas que se saben en este reino, donde por espacio de cuatro horas anduvieron revueltas las piraguas saltando los que iban dentro de unas en otras, y lloviendo continuamente piedras, dardos, balas y saetas con matanza de muchos indios, los cuales eran tan astutos que tenían instrumentos para asir las piraguas de los nuestros no dejándolas gobernar ni menearse. Mas con todo eso, fueron finalmente vencidos con pérdida de veintisiete piraguas y quinientos hombres que murieron, ultra de ciento setenta que fueron cautivos. Sucedió esta victoria en el mes de octubre de 1578 por la cual dieron luego los vencedores las, debidas gracias a nuestro Señor, y se fueron a la ciudad de Osorno para hacerlo más despacio”.
Sacado de Crónicas del Reino de Chile.

